Alentejo

Esperimente


Nuestras casas encaladas

Es el espacio abierto que parece no tener fin. Son los colores y los olores que brotan de la tierra. Es el inconfundible trazo de la arquitectura rural, presente en los "montes” de las grandes haciendas, en el caserío más antiguo de las ciudades, pueblos y aldeas o en las ermitas que pintan de blanco la cumbre de los cerros. Es lo que se lee en las formas de ser y de hacer, en las artes que se conservan y se renuevan, en la tradición que se mantiene y se recrea, en el "cante” que, con alma y corazón, sólo los alentejanos saben cantar.

Pero la ruralidad del Alentejo del s. XXI no se agota en las "cosas del campo”. Por las vicisitudes, no siempre positivas, de su historia, esta región conservó lo que hoy le confiere un valor lleno de futuro: la pequeña dimensión y la calidad de los ambientes urbanos, la escala humana, el silencio, la paz, la libertad y el aire limpio que se respira. Y el tiempo. Una forma tan peculiar de entender el tiempo, que nos hace sentir en la piel que, al final, es posible vivirlo en este mundo vertiginoso, dejándolo ser exactamente lo que es: el más precioso de nuestros bienes.

A lo largo de su viaje descubrirá el gran ejemplo de sabiduría que es la arquitectura tradicional. Las construcciones se han integrado en el paisaje como si formasen parte de él, han utilizado materiales y soluciones adaptados al clima y a la función y han formado conjuntos naturalmente equilibrados que, aún hoy, son fuente de inspiración para las intervenciones contemporáneas.

Pasear por el Alentejo es un encuentro permanente con esta realidad y con dos tipos de arquitectura que la expresan: la erudita, a veces de gran valor desde el punto de vista del patrimonio monumental, y que es bien visible en las grandes casas solariegas y en las casas nobles de los centros urbanos; y la popular, que nos revela otras caras del patrimonio, de sabor genuinamente rural, y se observa en el caserío más antiguo de las aldeas, pueblos y ciudades.

Este encuentro no está compuesto sólo de momentos perfectos. Pero en esta época de cambio en la que conviven intervenciones contemporáneas de calidad, modernizaciones discutibles de la vivienda tradicional y excelentes ejemplos de recuperación, el trazo arquitectónico es el que identifica el Alentejo que sigue dominando el paisaje y que nos cautiva la mirada.

Por esta razón, la invitación que le hacemos es que visite, ahora, desde esta perspectiva, algunas localidades que permanecen como referencias esenciales. Le sugerimos sólo media docena de ejemplos porque, a partir de ellos, aprenderá todo lo que necesita para seguir a su descubrimiento autónomo de otros lugares.

En el norte Alentejano son de obligada visita los pueblos de Marvão y Castelo de Vide, esta última con la judería más asombrosa de toda la región. Vea también Alegrete, dentro y fuera del castillo, la minúscula Flor da Rosa, el centro histórico de Cabeço de Vide y Alter Pedroso.

En el Alentejo central, es obligatorio conocer las tres joyas patrimoniales que son Evoramonte, Terena y Monsaraz. Como ejemplo de un pueblo vivo y bien cuidado, visite Redondo. Como paradigma de recuperación de una aldea totalmente abandonada, S. Gregório, en la falda de la sierra d' Ossa, el primer turismo de aldea de la región.

En el bajo Alentejo, destacan los centros históricos de Alvito, Serpa y Mértola, cada uno con su ambiente específico, pero también el caserío antiguo de pequeños lugares como Vila Alva, entre Alvito y Cuba, Casével y Aivados, junto de Castro Verde, y la bella Messejana, a dos pasos Aljustrel.

En el Alentejo Litoral, tres pequeñas aldeas, con encuadramientos muy diferentes, son suficientes para mostrar a quien pasa sus vacaciones en esta zona por el sol y el mar, que vale la pena descansar de la playa de vez en cuando y dar unos paseos por el interior: Santa Susana (Alcácer do Sal), Lousal (Grândola) y la serrana Vale de Santiago (Odemira).

Siempre que recorra una aldea, intente identificar las características más destacadas de la arquitectura rural: las casas sólo con suelo de tierra; las paredes gruesas y con pocas aberturas, tradicionalmente construidas en tapia, solución sabia para, con pocos medios, conservar el calor en el invierno y la frescura en el verano; las enormes chimeneas, a veces más altas que las casas, por donde salen los humos de los lares que calientan las noches frías y curten los embutidos caseros; el lugar privilegiado que ocupa la cocina; el horno del pan, a veces común en toda la aldea, con su inconfundible forma abovedada; la textura de las paredes exteriores e interiores que, año tras año, las mujeres van cubriendo con nuevas capas de cal; y los coloridos rodapiés que, en los viejos tiempos, se pintaban predominantemente de ocre y de azul.

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