Alentejo

Esperimente


Al ritmo de las estaciones

Es el espacio abierto que parece no tener fin. Son los colores y los olores que brotan de la tierra. Es el inconfundible trazo de la arquitectura rural, presente en los "montes” de las grandes haciendas, en el caserío más antiguo de las ciudades, pueblos y aldeas o en las ermitas que pintan de blanco la cumbre de los cerros. Es lo que se lee en las formas de ser y de hacer, en las artes que se conservan y se renuevan, en la tradición que se mantiene y se recrea, en el "cante” que, con alma y corazón, sólo los alentejanos saben cantar.

Pero la ruralidad del Alentejo del s. XXI no se agota en las "cosas del campo”. Por las vicisitudes, no siempre positivas, de su historia, esta región conservó lo que hoy le confiere un valor lleno de futuro: la pequeña dimensión y la calidad de los ambientes urbanos, la escala humana, el silencio, la paz, la libertad y el aire limpio que se respira. Y el tiempo. Una forma tan peculiar de entender el tiempo, que nos hace sentir en la piel que, al final, es posible vivirlo en este mundo vertiginoso, dejándolo ser exactamente lo que es: el más precioso de nuestros bienes.

Para conocer bien el Alentejo es necesario visitarlo en todas las estaciones. El paisaje cambia mucho a lo largo del año y las actividades rurales más interesantes que pueden observarse son estacionales. Comencemos el ciclo por el otoño.

En septiembre, la vendimia. Puede verla en cualquier punto de la carretera donde haya viñas, pero ganará optando por un programa organizado de un enoturismo: podrá aprender el arte, participar y, entretanto, probar los vinos de los años anteriores.

En octubre, pasee sin rumbo para contemplar la paleta de marrones en los que la labra transforma el Alentejo. Aproveche el sol del llamado "verano de los membrillos” y, si donde se encuentra alojado hay membrilleros, pida a sus anfitriones que le dejen asistir a la confección casera del dulce de membrillo. 

En noviembre pruebe el vino nuevo por San Martín, que nos regala siempre unos días de verano. Es un excelente momento para visitar lugares en fiesta como Marvão, Cabeção, Borba o Vila de Frades.

Entre noviembre y enero, vea la recogida de la aceituna (la tradicional, no la mecanizada) y entre en un lagar.

En primavera, el campo se llena de miles de flores silvestres que son tema inagotable para quien le guste la fotografía. Con ocasión de los primeros calores se hace la esquila de las ovejas. Si en la casa que eligió no hay rebaño, pregunte dónde puede asistir a una.

El jueves de Ascensión, participe en el ritual del Día de la Espiga. Únase a la gente que encontrará por los campos y haga también su ramo, como manda la tradición: 5 espigas de trigo, 5 amapolas, 5 ramas de olivo, 5 margaritas blancas y 5 margaritas amarillas. Cuélguelo detrás de la puerta de la entrada durante un año, con la creencia de que le va a traer, a usted y a los suyos, pan, paz y alegría.

De repente, los amarillos toman el paisaje. Entre junio y julio se realiza la siega de los sembrados, momento por excelencia para imaginar, en el apogeo del calor, la vida de los hombres y de las mujeres que, hace unos años atrás, hacían a mano y de sol a sol lo que hoy hacen segadoras-desgranadoras y enfardadoras. Más tarde, cuando oiga el cante alentejano lo entenderá mejor.

Pero no es sólo el amarillo de la sequedad lo que se ve en el paisaje: en los meses de verano puede ver el brillo de los campos de girasol y de altramuces, la exuberancia del verde de las viñas y, en el entorno de las albuferas que alimentan el regadío del Alentejo interior, los colores fuertes del maíz y de los cultivos hortícolas. En el vale del Sado es el momento por excelencia para ver los arrozales y, sobre ellos, las pinceladas rosa y blanco del vuelo de los flamencos.

Entre junio-julio y, a veces, agosto, no se pierda el descorchado de los alcornoques y la sorpresa del ocre-naranja de los troncos desnudos que, de repente, ilumina la dehesa. Es una de las actividades más interesantes de la región, que exige mucha maestría y da trabajo seguro a quien la tiene. Como el alcornoque sólo puede descorcharse cada 9 años, recurra una vez más a sus anfitriones para que le indiquen los lugares de observación.

En cualquier momento del año, siempre que sienta en el aire el olor fuerte de la madera quemada, pare y vaya a echar un vistazo a los hornos tradicionales de carbón de encina o de olivo. 

Si se encuentra en el litoral, visite un puerto pesquero. Aquí, como en todo el mundo, los pescadores son gente valiente y sólo dejan de salir a la mar cuando realmente no pueden. Vaya a verlos partir en busca de todo lo que marca la diferencia de la gastronomía alentejana de la costa y, a su regreso, asista a la animada subasta.

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